No hay que dejar mugre bajo la alfombra. Hay que escombrar cada cajón. Viajar ligero significa no cargar basura del pasado a todos lados. Cada persona tiene su propia manera de elaborar los miedos, los dolores, las pérdidas, los duelos, los conflictos y las confusiones. Pero a veces se te puede ir más de media década acumulando pedazos de esto y de aquello, hasta que todo se entreteje y forma una maraña gigantesca, que de repente ya ocupa todo el espacio disponible. Eso me pasó a mí, hasta que me volví tan pesada y me sentí tan perdida que colapsé y me rompí.
Hoy entiendo que me perdí en el deber ser. Olvidé quién soy y todo lo que amo hacer, pensar y vivir. Tuve que apagar todas las luces para buscar por donde salir de esta cueva. Seguir los rayitos de luz y caminar hacia la salida. Ya puedo sentir aire fresco en mi nariz, ya casi salgo. No estoy cansada por hacer muchas cosas, estoy cansada por hacer pocas cosas que me llenen de alegría.
Estoy aprendiendo a ser suave conmigo misma, a tenerme amor y paciencia. Permitirme sentir sin miedo a perderme. Vuelvo a tener esperanza en el poder curativo de hacer todo eso que me hace sonreír. Desde caminar por un parque, sentir la arena entre los dedos de los pies, flotar panza arriba en una alberca, cansar mis pies de tanto estar viendo cuadros. Respirar hondo, sentir el calor y el movimiento cosquilleante de la vida en la punta de mis dedos, y animarme a vivir sin miedos que me lastren tanto.
lunes, 16 de diciembre de 2019
miércoles, 11 de diciembre de 2019
Miedos primarios, efectos secundarios
En estas semanas de recuperación me he sumergido hasta la coronilla en los miedos más básicos: la muerte, la soledad, la pérdida de mi autonomía, la mutilación, sentirme permanentemente vulnerable y expuesta. Sueños y pensamientos recurrentes me rodean como satélites día y noche. Corro, corro, corro sin mirar atrás en el día a día. Evito de mil maneras pensar en esas cosas que me aterran. De pronto: alto total. Ya no puedo escapar, aquí me tienen a su disposición. Paso muchos días sin entender de donde viene esta maraña de ideas.
La muerte se pasea por aquí cerca, saluda con su manita huesuda del otro lado de la ventana, casi diciendo: "¡Yujuuuu! Aquí ando cerca." No quiero voltear a verla, pero cada vez agita la mano con más fuerza. Que miedo me da tener que pensar en que un día tendré que irme con ella, que miedo me da pensar en lo frágiles que somos y lo inmortales que nos sentimos. Cuanto tiempo desperdiciado en tonterías e inmadurez sin decirnos cuanto nos amamos. Que estupidez ver a la muerte desde la ventana y saber que ya no hay tiempo restante, no dijiste lo que debías decir a tiempo, no abrazaste por última vez, y no aprovechaste los últimos rayos de luz. La muerte es una cuenta regresiva, pero no queremos darnos cuenta. Aunque tampoco nos persigue.
Sueño que se pudre mi pie dentro de la férula, y no nos damos cuenta a tiempo. Un miedo chiquitito, color verde y amarillo susurra muy bajito: "Esto es para siempre." Y yo que ya no tengo defensas le creo, me da miedo ya no poder pararme de puntitas, o subir a las escaleras para enderezar las luces navideñas y que no me de un tic nervioso en el ojo. No poder correr a prender la luz para aplastar al mosquito zumbón que revolotea por mi cabeza. Ya no poder valerme por misma nunca, que me corten el pie porque ya no sirve. Sueño con esos dos tan a menudo, que ya casi no tengo que preguntarme si es verdad o estoy soñando. Es como cuando el gato siempre rasca la tierra en las macetas, y ya solo ves la tierra regada con fastidio.
Luego llega mi amiga Chole. Esa siempre ha vivido cerca. Esa que hacía creer a Briget Jones que moriría sola y sería encontrada tres semanas después medio devorada por perros. Siempre me cuenta historias sobre cómo nadie va a quererme nunca y terminaré siendo la señora de los quince gatos que siempre huele a humedad y pis de gato. Pero son historias, y a veces olvido que contrario a lo que ella afirma, Chole no es gitana y no lee el futuro. Sólo es una palomilla que revolotea en las esquinas de la casa y va dejando escamas.
Y al final, el miedo a verme débil. Miedo a la indefensión. Miedo a que me vuelva tan transparente que se me vean todos los defectos. Miedo a verme vulnerable, y llorar en público sin poder controlar las lágrimas que salen como si alguien hubiera dejado abierta la llave. Miedo a estar expuesta en medio del mundo sin mi coraza...Pero aquí sigo quitando la coraza pieza por pieza, sintiendo todos esos miedos al mismo tiempo. Buscando mis colores para hacer un retrato hablado. Pescando palabras en mi mente que me ayuden a delatarlos. Aceptando todas esas manos que se estiran y me regalan chispitas de alegría. Bebiendo todas las tazas de amor que me han ofrecido en estos tiempos, y recordando que los miedos son todos imaginarios.
La muerte se pasea por aquí cerca, saluda con su manita huesuda del otro lado de la ventana, casi diciendo: "¡Yujuuuu! Aquí ando cerca." No quiero voltear a verla, pero cada vez agita la mano con más fuerza. Que miedo me da tener que pensar en que un día tendré que irme con ella, que miedo me da pensar en lo frágiles que somos y lo inmortales que nos sentimos. Cuanto tiempo desperdiciado en tonterías e inmadurez sin decirnos cuanto nos amamos. Que estupidez ver a la muerte desde la ventana y saber que ya no hay tiempo restante, no dijiste lo que debías decir a tiempo, no abrazaste por última vez, y no aprovechaste los últimos rayos de luz. La muerte es una cuenta regresiva, pero no queremos darnos cuenta. Aunque tampoco nos persigue.
Sueño que se pudre mi pie dentro de la férula, y no nos damos cuenta a tiempo. Un miedo chiquitito, color verde y amarillo susurra muy bajito: "Esto es para siempre." Y yo que ya no tengo defensas le creo, me da miedo ya no poder pararme de puntitas, o subir a las escaleras para enderezar las luces navideñas y que no me de un tic nervioso en el ojo. No poder correr a prender la luz para aplastar al mosquito zumbón que revolotea por mi cabeza. Ya no poder valerme por misma nunca, que me corten el pie porque ya no sirve. Sueño con esos dos tan a menudo, que ya casi no tengo que preguntarme si es verdad o estoy soñando. Es como cuando el gato siempre rasca la tierra en las macetas, y ya solo ves la tierra regada con fastidio.
Luego llega mi amiga Chole. Esa siempre ha vivido cerca. Esa que hacía creer a Briget Jones que moriría sola y sería encontrada tres semanas después medio devorada por perros. Siempre me cuenta historias sobre cómo nadie va a quererme nunca y terminaré siendo la señora de los quince gatos que siempre huele a humedad y pis de gato. Pero son historias, y a veces olvido que contrario a lo que ella afirma, Chole no es gitana y no lee el futuro. Sólo es una palomilla que revolotea en las esquinas de la casa y va dejando escamas.
Y al final, el miedo a verme débil. Miedo a la indefensión. Miedo a que me vuelva tan transparente que se me vean todos los defectos. Miedo a verme vulnerable, y llorar en público sin poder controlar las lágrimas que salen como si alguien hubiera dejado abierta la llave. Miedo a estar expuesta en medio del mundo sin mi coraza...Pero aquí sigo quitando la coraza pieza por pieza, sintiendo todos esos miedos al mismo tiempo. Buscando mis colores para hacer un retrato hablado. Pescando palabras en mi mente que me ayuden a delatarlos. Aceptando todas esas manos que se estiran y me regalan chispitas de alegría. Bebiendo todas las tazas de amor que me han ofrecido en estos tiempos, y recordando que los miedos son todos imaginarios.
domingo, 8 de diciembre de 2019
Insomne
Busco acomodarme en la cama variando mi postura un milímetro cada segundo. No puedo acomodarme. Recuerdo entonces esa app que compré para meditar, elijo la meditación profunda para dormir de 30 minutos, y después de respirar y sentir mi pie izquierdo me rindo. Quizás fui muy ambiciosa, voy a intentar respirar...¿cuánto tiempo será bueno? Elijo un minuto porque no me tengo mucha fé. Regreso a la meditación profunda para dormir, tal vez si elijo cinco minutos tenga mejores resultados. Comienzo con respirar profundo, pero me fastidio. Solo quiero salir corriendo, lo cual es tremendamente estúpido en este preciso momento porque mi pie sigue atrapado en esta férula.
Tengo tantas ganas de arrancar esa férula y estirar mi pie. Rascar y rascar mi piel. Caminar a la cocina y lavar los trastes sucios. Treparme a la escalerilla para poder bajar el arbolito de navidad y ponerlo yo solita. Tengo tantas ganas de poder hacer lo que se me venga en gana sin tener que pedir ayuda, sin sentir que invado el tiempo de otro, sin tener que ser esta mujer enojada porque no puede. Tengo tantas ganas también de salir corriendo de mi mente, que no quiere darme tregua cinco minutos para conciliar el sueño. ¿De dónde viene esta horrible frustración? ¿Por qué no puedo respirar profundo por cinco minutos ni dejar de llorar? ¿Por qué me siento como una isla solitaria?
Mi mente regresa al momento en que el doctor revisó mi radiografía y mi pie sin bota. Mi pie mutilado, con dos grandes cortadas cosidas con hilo negro, y con una cosa atravesada, incrustada en mis huesos. Luego recuerdo que me dijo: 3 semanas más. Y ahora, viendo el techo de la recámara me repito: 3 lunes más. Más lágrimas ruedan por mis mejillas y humedecen la almohada. Me ahoga la desesperanza. ¿Tres semanas más de estar montada en este sube y baja? Pffftt
Si tan solo pudiera dormirme tres semanas al hilo...dijo la insomne que no pudo relajarse por cinco minutos. Que prueba tan dura, que forma tan severa de obligarme a resolver mis pendientes antes de continuar a un nuevo año. Me pregunto, si con esta no aprendes lo que sea que está pendiente, ¿qué más necesitas? Tengo mil preguntas, pero ningún deseo de hablar con quien crea tener todas las respuestas. Tan solo quiero estirar mi pie, y sentir que puedo correr si así lo quisiera.
Tengo tantas ganas de arrancar esa férula y estirar mi pie. Rascar y rascar mi piel. Caminar a la cocina y lavar los trastes sucios. Treparme a la escalerilla para poder bajar el arbolito de navidad y ponerlo yo solita. Tengo tantas ganas de poder hacer lo que se me venga en gana sin tener que pedir ayuda, sin sentir que invado el tiempo de otro, sin tener que ser esta mujer enojada porque no puede. Tengo tantas ganas también de salir corriendo de mi mente, que no quiere darme tregua cinco minutos para conciliar el sueño. ¿De dónde viene esta horrible frustración? ¿Por qué no puedo respirar profundo por cinco minutos ni dejar de llorar? ¿Por qué me siento como una isla solitaria?
Mi mente regresa al momento en que el doctor revisó mi radiografía y mi pie sin bota. Mi pie mutilado, con dos grandes cortadas cosidas con hilo negro, y con una cosa atravesada, incrustada en mis huesos. Luego recuerdo que me dijo: 3 semanas más. Y ahora, viendo el techo de la recámara me repito: 3 lunes más. Más lágrimas ruedan por mis mejillas y humedecen la almohada. Me ahoga la desesperanza. ¿Tres semanas más de estar montada en este sube y baja? Pffftt
Si tan solo pudiera dormirme tres semanas al hilo...dijo la insomne que no pudo relajarse por cinco minutos. Que prueba tan dura, que forma tan severa de obligarme a resolver mis pendientes antes de continuar a un nuevo año. Me pregunto, si con esta no aprendes lo que sea que está pendiente, ¿qué más necesitas? Tengo mil preguntas, pero ningún deseo de hablar con quien crea tener todas las respuestas. Tan solo quiero estirar mi pie, y sentir que puedo correr si así lo quisiera.
martes, 3 de diciembre de 2019
Lo que nadie puede ver
Voy por el mundo terriblemente preocupada por lo que los demás puedan ver, y despisto proclamando que poco me interesan sus ojos. Pero a diario pulo mi coraza de acero, para que a nadie se le olvide que soy fuerte e indestructible. El camuflaje es tan bueno, que a veces hasta yo me creo la rudeza del exterior. ¡Quién iba a pensar que sólo tenían que romperme una pieza para que todo se derrumbase!
Aquí estoy llorosa en una silla de ruedas, sin entender por qué me duele más el alma que el pie. Detesto que puedan ver afuera mi fragilidad, detesto tener que aceptarla, detesto tener que sentarme a mirar la nada para comprobar que mi armadura está totalmente fisurada. Me duele todo lo que no permití que doliera antes. Me duelen tanto las amistades que creí eternas pero se borraron como lo que se escribe en la arena junto al mar, y me duelen las sombras de lo que queda. Me duelen los capítulos inconclusos que no pude cerrar. Me duelen los que no se quisieron quedar. Me duelen los golpes duros del pasado, y me duele la niña atrapada en una casa embrujada que sólo quiere escapar. Entonces me doy cuenta de que todo este trabajo exhaustivo por ser perfectamente eficiente es sólo el medicamento que uso para adormecer el dolor, y creer que no duele.
No hay hacia donde correr, ni siquiera puedo escapar a gatas. No hay vuelta a lo que tengo que resolver para poder continuar mi camino. Ahora entiendo que no he trabajado para mi. Por buscar parecer fiera, dejé de alimentar mi espíritu con poesía y canciones, dejé de dibujar y jugar con todo tipo de colores. Olvidé construir el soporte interior, para poder tener confianza en mi y poder sujetarme. Creí que negar la fragilidad la desaparece, y juré no ser vulnerable nunca más. Pero aquí estoy en esta silla que me recuerda que a veces todo puede irse a la mierda por no pisar bien la banqueta. Aquí estoy aparentemente inmóvil mirando a lo profundo del abismo, removiendo todos los pensamientos que se quedaron pegados hasta el fondo con la esquina de la espátula. Es donde nadie nos ve que podemos encontrar lo que se nos había perdido.
Aquí estoy llorosa en una silla de ruedas, sin entender por qué me duele más el alma que el pie. Detesto que puedan ver afuera mi fragilidad, detesto tener que aceptarla, detesto tener que sentarme a mirar la nada para comprobar que mi armadura está totalmente fisurada. Me duele todo lo que no permití que doliera antes. Me duelen tanto las amistades que creí eternas pero se borraron como lo que se escribe en la arena junto al mar, y me duelen las sombras de lo que queda. Me duelen los capítulos inconclusos que no pude cerrar. Me duelen los que no se quisieron quedar. Me duelen los golpes duros del pasado, y me duele la niña atrapada en una casa embrujada que sólo quiere escapar. Entonces me doy cuenta de que todo este trabajo exhaustivo por ser perfectamente eficiente es sólo el medicamento que uso para adormecer el dolor, y creer que no duele.No hay hacia donde correr, ni siquiera puedo escapar a gatas. No hay vuelta a lo que tengo que resolver para poder continuar mi camino. Ahora entiendo que no he trabajado para mi. Por buscar parecer fiera, dejé de alimentar mi espíritu con poesía y canciones, dejé de dibujar y jugar con todo tipo de colores. Olvidé construir el soporte interior, para poder tener confianza en mi y poder sujetarme. Creí que negar la fragilidad la desaparece, y juré no ser vulnerable nunca más. Pero aquí estoy en esta silla que me recuerda que a veces todo puede irse a la mierda por no pisar bien la banqueta. Aquí estoy aparentemente inmóvil mirando a lo profundo del abismo, removiendo todos los pensamientos que se quedaron pegados hasta el fondo con la esquina de la espátula. Es donde nadie nos ve que podemos encontrar lo que se nos había perdido.
lunes, 18 de noviembre de 2019
Se me rompió la omnipotencia
Hace tanto tiempo que no escribo aquí... ¿será porque mi mente ha estado congestionada por varios años? Amo escribir, pero a últimas fechas cuando lo logro una vez al mes es mucho. He estado profundamente conflictuada entre quien creo que debo ser y el cumplimiento de mis pactos personales secretos, y quien realmente soy y lo que quiero hacer con mi vida ahora. Suena a un estúpido problema inventado, y lo es, es un dolor auto infligido. Sin embargo, eso no quiere decir que haya consciencia ni voluntad en ello.
En los últimos quince años poco a poco he ido reuniendo mis piezas. Armándolas y acomodándolas para sentirme completa, buscando un bienestar cuya existencia sabía pero nunca había experimentado. Soy fuerte e impaciente, y tremendamente combativa. Omnipotente hasta el fastidio, porque todo lo puedo hacer sola y hasta dos veces. No necesito que alguien me ayude a cargar la bolsa ni a mover un mueble, nada pesa lo suficiente como para romperme. Todo lo que se hacer es sobrevivir en la guerra. Y ahora que firmé la paz y me rodea la armonía estoy terriblemente perdida. ¿Aquí qué se hace? ¿Cómo se vive sin tener una espada permanentemente en mano?
Dentro de esta gran crisis y sin saber qué más hacer, se me atravesó una banqueta en una calle oscura. Catástrofe absoluta, tobillo destruido. No sé qué me duele más: si acaso es el dolor físico de mi tobillo tratando de sanar, o ver mi omnipotencia embarrada como un moco sobre la pared de la realidad. Pedir ayuda hasta para la más mínima tarea, enfurecer porque no puedo explicar donde guardo las servilletas y llorar, llorar, llorar y llorar hasta que no me quedan más lágrimas.
La guerra es difícil, la lucha por sobrevivir y salir de donde sufres es larga. Pero nadie te dice que la posguerra es también dolorosa, y que hay muchas nuevas cosas por aprender a hacer y por desaprender.
Nunca me ha gustado la gente que dice que en los momentos difíciles es cuando aprendes quienes son tus amigos y cuales son los verdaderos colores de la gente. No, no. No están entendiendo el punto. Los momentos difíciles son pruebas para uno mismo, para saber de qué estás hecho, para tener oportunidades de moverte del atasco en el que estás y saber si en verdad has crecido. Para calibrar la realidad, para atreverte a usar esos colores que te guardas sólo para ti. Quien te acompañe y cómo te acompañe no es cosa tuya, no se trata de ti.
Sería genial poder procesar todas estas cosas sin necesidad de romperte la madre, y pudiendo hacer pausas voluntarias, pero a veces la única manera de frenar es por la fuerza. Yo no lo sabía pero cuando pisé esa banqueta realmente estaba pisando un botón de pausa.
Paciencia, humildad para aceptar y pedir ayuda, y aprender a serenar el espíritu y la mente sin necesidad de un trauma doloroso. ¿Será que puedo aprender sobre estas cosas? Espero que si. Espero tener la verdadera valentía que se necesita para ser quien quiero ser, y desactivar todos los viejos mecanismos que me hacen sentir dolor, angustia, depresión y ansiedad a diario.
En los últimos quince años poco a poco he ido reuniendo mis piezas. Armándolas y acomodándolas para sentirme completa, buscando un bienestar cuya existencia sabía pero nunca había experimentado. Soy fuerte e impaciente, y tremendamente combativa. Omnipotente hasta el fastidio, porque todo lo puedo hacer sola y hasta dos veces. No necesito que alguien me ayude a cargar la bolsa ni a mover un mueble, nada pesa lo suficiente como para romperme. Todo lo que se hacer es sobrevivir en la guerra. Y ahora que firmé la paz y me rodea la armonía estoy terriblemente perdida. ¿Aquí qué se hace? ¿Cómo se vive sin tener una espada permanentemente en mano?
Dentro de esta gran crisis y sin saber qué más hacer, se me atravesó una banqueta en una calle oscura. Catástrofe absoluta, tobillo destruido. No sé qué me duele más: si acaso es el dolor físico de mi tobillo tratando de sanar, o ver mi omnipotencia embarrada como un moco sobre la pared de la realidad. Pedir ayuda hasta para la más mínima tarea, enfurecer porque no puedo explicar donde guardo las servilletas y llorar, llorar, llorar y llorar hasta que no me quedan más lágrimas.
La guerra es difícil, la lucha por sobrevivir y salir de donde sufres es larga. Pero nadie te dice que la posguerra es también dolorosa, y que hay muchas nuevas cosas por aprender a hacer y por desaprender.
Nunca me ha gustado la gente que dice que en los momentos difíciles es cuando aprendes quienes son tus amigos y cuales son los verdaderos colores de la gente. No, no. No están entendiendo el punto. Los momentos difíciles son pruebas para uno mismo, para saber de qué estás hecho, para tener oportunidades de moverte del atasco en el que estás y saber si en verdad has crecido. Para calibrar la realidad, para atreverte a usar esos colores que te guardas sólo para ti. Quien te acompañe y cómo te acompañe no es cosa tuya, no se trata de ti.
Sería genial poder procesar todas estas cosas sin necesidad de romperte la madre, y pudiendo hacer pausas voluntarias, pero a veces la única manera de frenar es por la fuerza. Yo no lo sabía pero cuando pisé esa banqueta realmente estaba pisando un botón de pausa.
Paciencia, humildad para aceptar y pedir ayuda, y aprender a serenar el espíritu y la mente sin necesidad de un trauma doloroso. ¿Será que puedo aprender sobre estas cosas? Espero que si. Espero tener la verdadera valentía que se necesita para ser quien quiero ser, y desactivar todos los viejos mecanismos que me hacen sentir dolor, angustia, depresión y ansiedad a diario.
domingo, 8 de julio de 2018
Escapando al vórtice
Yo nací dentro de un remolino lleno de violencia y soledad, donde había muchas personas en la casa, pero nadie en realidad. Aprendí a ser dura y ruda, rebelde y fuerte. Nunca quise dejarme abrazar, ni ayudar. Yo sabía que el reto era salir de esa casa lo más pronto que fuera posible para poder comenzar una vida en paz.
He trabajado mucho desde que me salí de ese lugar. Aprendí el concepto de "hogar, dulce hogar" cuando comencé a vivir sola. Ahora la soledad era física, pero aprendí a volverme una buena compañía. Siempre me sentí culpable por dejar el barco hundiéndose y a todos los que seguían dentro de el, pero a veces no queda de otra más que saltar para salvar la propia vida.
Trato de mantenerme lejos, porque cada vez que me acerco el remolino me jala hacia el fondo otra vez. Y entonces, absolutamente todo regresa: la ira, la desesperación, el dolor, la frustración, el deseo de destruir. A pesar de que a veces quiero regresar al naufragio para ver que puedo rescatar, el remolino siempre está ahí listo para arrastrarme.
Sólo una vez pude acercarme al remolino y patalear con fuerza para salir bien librada. Eso me hizo creer, ingenuamente, que ya podía acercarme sin correr riesgos. ¡Qué equivocada estaba! Aquí estoy de regreso en casa curándome los raspones y los golpes del descenso al fondo. Tratando de respirar con normalidad de nuevo. Haciendo todo lo posible por no reprochar mi incapacidad de nadar cerca sin ser atrapada.
Sobrevivir la violencia intrafamiliar deja cicatrices y huellas que te marcan para siempre. Algunas cosas sanan por completo, otras se vuelven a abrir a la menor provocación y causan un dolor terrible. Lo importante es no rendirse en el camino por reconstruirse y buscar una buena vida. Una en la que estemos dispuestos a dejar atrás todo eso que gira en una espiral oscura y que siempre quiere regresar.
He trabajado mucho desde que me salí de ese lugar. Aprendí el concepto de "hogar, dulce hogar" cuando comencé a vivir sola. Ahora la soledad era física, pero aprendí a volverme una buena compañía. Siempre me sentí culpable por dejar el barco hundiéndose y a todos los que seguían dentro de el, pero a veces no queda de otra más que saltar para salvar la propia vida.
Trato de mantenerme lejos, porque cada vez que me acerco el remolino me jala hacia el fondo otra vez. Y entonces, absolutamente todo regresa: la ira, la desesperación, el dolor, la frustración, el deseo de destruir. A pesar de que a veces quiero regresar al naufragio para ver que puedo rescatar, el remolino siempre está ahí listo para arrastrarme.
Sólo una vez pude acercarme al remolino y patalear con fuerza para salir bien librada. Eso me hizo creer, ingenuamente, que ya podía acercarme sin correr riesgos. ¡Qué equivocada estaba! Aquí estoy de regreso en casa curándome los raspones y los golpes del descenso al fondo. Tratando de respirar con normalidad de nuevo. Haciendo todo lo posible por no reprochar mi incapacidad de nadar cerca sin ser atrapada.
Sobrevivir la violencia intrafamiliar deja cicatrices y huellas que te marcan para siempre. Algunas cosas sanan por completo, otras se vuelven a abrir a la menor provocación y causan un dolor terrible. Lo importante es no rendirse en el camino por reconstruirse y buscar una buena vida. Una en la que estemos dispuestos a dejar atrás todo eso que gira en una espiral oscura y que siempre quiere regresar.
martes, 29 de mayo de 2018
Adiós, Camilo
Hace poco más de una semana mi adorado gato Camilo murió, y con él una parte de mi vida.
Camilo era un gatito blanco con negro amorosísimo. Él y yo compartimos muchas cosas juntos, y el siempre fue una de mis fuentes inagotables de amor. Dormíamos siempre abrazados, y estaba conmigo todo el tiempo.
El sábado pasado, Mario (mi esposo) lo llevó al veterinario porque tenía un par de semanas estando un tanto raro, aunque nada demasiado alarmante. Yo me quedé en casa. Cuando regresaron Camilo estaba mal, no me preocupó mucho porque siempre se ponía muy nervioso al ir al veterinario. El resultado de la revisión no nos dio ninguna buena noticia, el veterinario encontró que Camilo tenía un enorme tumor entre el corazón y los pulmones. Justo eso me estaba explicando Mario cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solamente nervioso por haber ido al veterinario. Con cada minuto que pasaba el gato se ponía cada vez peor. Finalmente entendí que estaba muriendo.
Por la mañana de ese mismo día todo estaba bien, y aún me recuerdo diciéndole: "¿Quién es mi gato consentido?" mientras lo cargaba y besaba. Así que me parecía imposible pensar que estábamos pasando nuestros últimos momentos juntos.
Camilo se murió entre mis manos y mis lágrimas. No pude detener su muerte, no pude hacer absolutamente nada. Su vida se fue de repente y yo no podía creerlo. Lo abracé de la misma manera en que lo abrazaba antes de dormir y me eché en el suelo con el un rato. Un pedazo de mi corazón se murió con el ese día.
Por las noches me invade un espantoso vacío en el pecho, que baja a mi estómago y después sube a mi garganta para hacer un nudo apretado. Después mi cara se convulsiona por el dolor y me invade un llanto inconsolable e inevitable. No encuentro explicaciones ni consuelo. No logro aceptar que ya nunca jamás volveré a tener a mi amado gatito.
Me llena de confusión este dolor tan intenso, porque alguna parte de mi cerebro piensa que sólo era un gato. Pero la realidad que termino por aceptar es que independientemente de la especie, ese gatito era mi amigo, mi familia y una parte importante de mi vida. Termino por aceptar, por la desbordante pena que me invade, que el dolor es igual que aquel que se siente al perder a un humano querido.
Sin embargo, cuando se muere un humano el mundo no espera verte de pie y totalmente listo para continuar tu vida de inmediato. Se puede esperar que estés viviendo un luto y que no puedas estar bien por el tiempo que te tome procesarlo. Y al final, aquí estoy pretendiendo estar bien durante el día y ahogándome en llanto por la noche. Navegando una tristeza y una rabia que no logro poder expresar (hasta hoy) y que me hace sentir solitaria y aislada.
Escribo porque no puedo más con este dolor en el pecho; escribo para tratar de entender que demonios pasa; escribo para tratar de aceptar la realidad; escribo buscando un poco de consuelo; escribo tratando de gritarle al mundo que no estoy bien y que no tengo idea de cómo hacer para estar mejor. Escribo porque no sé cómo procesar este remolino de tristeza y pérdida. Escribo, como siempre, para tratar de entenderme un poco más.
Me hace mucha falta mi amigo Camilo, mi familia está incompleta.
Camilo era un gatito blanco con negro amorosísimo. Él y yo compartimos muchas cosas juntos, y el siempre fue una de mis fuentes inagotables de amor. Dormíamos siempre abrazados, y estaba conmigo todo el tiempo.
El sábado pasado, Mario (mi esposo) lo llevó al veterinario porque tenía un par de semanas estando un tanto raro, aunque nada demasiado alarmante. Yo me quedé en casa. Cuando regresaron Camilo estaba mal, no me preocupó mucho porque siempre se ponía muy nervioso al ir al veterinario. El resultado de la revisión no nos dio ninguna buena noticia, el veterinario encontró que Camilo tenía un enorme tumor entre el corazón y los pulmones. Justo eso me estaba explicando Mario cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solamente nervioso por haber ido al veterinario. Con cada minuto que pasaba el gato se ponía cada vez peor. Finalmente entendí que estaba muriendo.
Por la mañana de ese mismo día todo estaba bien, y aún me recuerdo diciéndole: "¿Quién es mi gato consentido?" mientras lo cargaba y besaba. Así que me parecía imposible pensar que estábamos pasando nuestros últimos momentos juntos.
Camilo se murió entre mis manos y mis lágrimas. No pude detener su muerte, no pude hacer absolutamente nada. Su vida se fue de repente y yo no podía creerlo. Lo abracé de la misma manera en que lo abrazaba antes de dormir y me eché en el suelo con el un rato. Un pedazo de mi corazón se murió con el ese día.
Por las noches me invade un espantoso vacío en el pecho, que baja a mi estómago y después sube a mi garganta para hacer un nudo apretado. Después mi cara se convulsiona por el dolor y me invade un llanto inconsolable e inevitable. No encuentro explicaciones ni consuelo. No logro aceptar que ya nunca jamás volveré a tener a mi amado gatito.
Me llena de confusión este dolor tan intenso, porque alguna parte de mi cerebro piensa que sólo era un gato. Pero la realidad que termino por aceptar es que independientemente de la especie, ese gatito era mi amigo, mi familia y una parte importante de mi vida. Termino por aceptar, por la desbordante pena que me invade, que el dolor es igual que aquel que se siente al perder a un humano querido.
Sin embargo, cuando se muere un humano el mundo no espera verte de pie y totalmente listo para continuar tu vida de inmediato. Se puede esperar que estés viviendo un luto y que no puedas estar bien por el tiempo que te tome procesarlo. Y al final, aquí estoy pretendiendo estar bien durante el día y ahogándome en llanto por la noche. Navegando una tristeza y una rabia que no logro poder expresar (hasta hoy) y que me hace sentir solitaria y aislada.
Escribo porque no puedo más con este dolor en el pecho; escribo para tratar de entender que demonios pasa; escribo para tratar de aceptar la realidad; escribo buscando un poco de consuelo; escribo tratando de gritarle al mundo que no estoy bien y que no tengo idea de cómo hacer para estar mejor. Escribo porque no sé cómo procesar este remolino de tristeza y pérdida. Escribo, como siempre, para tratar de entenderme un poco más.
Me hace mucha falta mi amigo Camilo, mi familia está incompleta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Fantasma
Cerró la ventana y apagó todas las luces. Se sentó al centro del tapete, justo en medio de la sala. Tomó una vela aromática que había dejado...
-
Yo sé que seguramente le tomó más de un minuto leer el título. A mi me costó varios minutos decirlo y luego dictármelo lentamente (aun ahora...
-
Todos en algún momento hemos conocido a una bitch en la oficina. La mujercilla que se sienta a calentar una silla y meter cizaña al por mayo...
-
Cerró la ventana y apagó todas las luces. Se sentó al centro del tapete, justo en medio de la sala. Tomó una vela aromática que había dejado...



