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domingo, 22 de agosto de 2010

La Mala del Cuento

Hace unos pocos días descubrí lo divertido que es ser la mala del cuento. Ser la bruja egoísta e insensible que no puede dejar todo interés propio de lado para volcar toda su ateción a otros. Francamente no estoy dispuesta a tal cosa, y si por ello he de ser señalada como un asqueroso ser egoísta, entonces he de asumirlo, no sin antes imprimirle tintes dramáticos para mi entretenimiento personal.

Es divertido cuando uno no se mete en el drama ni sede ante chantajes baratos. Gracias a tal visión distante se está en posición de jugar a ser la "mala-maldita-desgraciada". Para quien quiera ser cándida princesa maltratada y sufriente, adelante, go ahead. Vivir el papel de ser incomprendida por las maldades y egoismos de este mundo superficial y corriente que sólo se preocupa por el materialismo y los negocios, mientras que uno busca bienes mayores que lo enaltezcan, aún cuando no se tenga la mínima idea de lo que eso significa en la práctica, porque la vida de las princesas berrinchudas es pura teoría. Así va uno errático de un lugar a otro, sufriendo por aqui y por allá. Buscando siempre la atención y aprobación de todo el mundo con un disfraz de originalidad que termina por resquebrajarse tarde o temprano. En mi opinión es simple y llanamente exhaustivo vivir tal intensidad sin sentido.

Nuestra misión en la vida es nutrirnos. Las personas que nos rodean son una fuente importante de nutrición. Cuando alguien resulta ser nocivo, es importante pedirle que se vaya (muchas veces se van solos y te ahorran la molestia). 

Así pues disfruto mi papel de mala del cuento. Es más divertido reir como Maléfica que reir como Blanca Nieves.

domingo, 4 de abril de 2010

Bye Bye Birdie

Hoy le dije adiós al dolor permanente que guardaba en uno de esos rincones del cerebro. Decidí ponerle fin en verdad a ese dolor punzante de todos lo días, que al volverse rutinario, a veces nos hace pensar que ya no está. Algunos insisten en que el tiempo cura todo; nos hacen pensar que el motivo por el cual seguimos sintiendo dolor y tristeza es nuestra arraigada inmadurez.
Tiempo, distancia y paciencia, eso si lo cura todo. Dejar de jugar a que no pasa nada. Tomar el toro por los cuernos, poner los puntos sobre las ies. Arrancar el problema de raíz. Dejar de tomarse el pelo a uno mismo.
Decir adiós nunca será fácil, pero no hay nada más liberador. Es levar anclas y echárse a la mar.

viernes, 26 de febrero de 2010

P-A-C-I-E-N-C-I-A

ODIO esos momentos en los que no puedo cerrar los ojos y tengo que ver la realidad tal cual es. Detesto cuando tengo que convencerme a mi misma de que lo que sucede es real. Uno preferiría pensar que esos grandes problemas desparecen. Y así estoy sentada frente a una pila de trabajo que necesito terminar, tratando de usarlo como una manera de limpiar mi mente de necedades. ¿Cómo es posible que cuando uno cree estar más allá del proceso de superar algo llega la estúpida esperanza y nos dice "lero, lero"?
No es suficiente conocer la respuesta o lo que uno debe de hacer. No es como seguir una receta de cocina y después esperar a que esté listo. O quizás si lo es, pero simplemente estoy cansada de ser paciente y de tratar de poner cara de "no pasa nada". Reprimir esta necesidad de gritar a todo pulmón y correr hasta desmayarme de cansancio. Tratar por todos los medios de darme ánimos y recordarme que no hay nada que me haya resultado imposible.
Admitir simplemente que se es un ser humano, y que hay cosas que uno siente que no puede controlar. Sólo puede uno esperar que el tiempo haga su chamba y un día nos deje estar en paz, sin este temblor en las manos y este dolor punzante en el estómago cada vez que me restregan en la cara mi derrota.
Usaré esta pila de trabajo como si fuese la solución a todos mis problemas, y tendré confianza en que sólo se trata de uno de esos días en los que todo se ve obscuro.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Caras vemos...



He estado indecisa sobre que escribir. Empecé varias cosas que al final no me convencieron, pero finalmente todas esas cosas tenían algo en común. Hace poco platicaba con una amiga sobre la gente que se esfuerza demasiado por "ser" de una manera, pero que al final resultan ser tan falsas como dentadura postiza pegada con Corega.

Odio la falsedad. Algo he aprendido en estos años, y eso es que no puedes aparentar ser, no funciona. Debes asumirte tal cual eres. Claro que se puede cambiar todo eso que no nos gusta ni convence de nosotros mismos, pero antes de hacer eso debemos aceptarnos.

No se puede mantener una máscara las veinticuatro horas del día. No se puede aparentar de forma perpetua.  aquel que lo intente debe de estar exhausto todo el tiempo. Sin embargo, es sorprendente la cantidad de gente falsa que uno se topa a lo largo de los años.

La segunda cosa que odio casi tanto como la falsedad es el cinismo. No soporto toparme con el cinismo descarado de alguien que se burla en tu cara. Y al pensar un poco más uno se da cuenta de que va junto con pegado una cosa de la otra.

Por lo pronto lo único que persigo es liberarme de esas pocas cosas y personas que quedan con esas características por aquí y por allá. Aún cuando puedes ver detrás del cascarón, aún cuando sabes lo que puedes esperar no deja de ser irritante y frustrante estar en contacto con ello todo el tiempo.
"El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros." Jaime Balmes

miércoles, 21 de octubre de 2009

Aquí se rompió una taza...


...y cada quien para su casa

Siempre me imaginé que compartir un departamento era una cosa complicada. Aún así decidí intentarlo. De entrada está padre la novedad, pero después las cosas cambian. De pronto uno se siente incómodo estando en casa en pijama con la greña y la lagaña y ver que llegan invitados ajenos. De pronto uno se pregunta, mientras trapea la sala, por qué diablos uno es el único que lo hace.

En realidad uno trata de cumplir con plazos y contratos y prefiere dejar las cosas como están porque en apariencia es más sencillo, pero en realidad no lo es. Uno sólo debe de tomar una simple decisión, arremangarse la camisa y dedicarse a planear el salto.

De pronto uno se da cuenta de que no está obligado a tolerar nada. En verdad, no hay necesidad. Uno es libre y responsable de hacer lo posible para vivir en paz. Saber que cuando uno llegue a su casa puede sacarse los zapatos y los pantalones, servirse un poco de limonada y sentarse a limpiar la mente en plena sala, sin temer que alguien llegue de pronto, o lleguen unos cuates (que no son los de uno) a echar chelas y desmadre un miércoles cualquiera.

Hoy decidí que aquí se rompió una taza y que es hora de adelantar los planes de febrero un par de meses. Hoy volví a recordar que no tengo que hacer nada que yo no quiera. Al final, uno no tiene porque tolerar que no se nos respete.

Fantasma

Cerró la ventana y apagó todas las luces. Se sentó al centro del tapete, justo en medio de la sala. Tomó una vela aromática que había dejado...