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lunes, 15 de agosto de 2011

Caramelo

Estaba en la carretera en uno de esos largos viajes de trabajo. Estábamos hablando de mascotas cuando surgió la historia de Caramelo.

Caramelo era un conejito del mismo color de su nombre. Al parecer era la mascota de la familia. Se hizo amigo de una perrita, con la que siempre correteaba el jardín. Esa fue toda la historia que me contaron sobre Caramelo. Después hubo una pausa, un cambio de tema y de repente cuando menos me lo esperaba la historia continuó más o menos de la siguiente manera:  "Recuerdo que después mi papá mató al Caramelo...y mi mamá lo guisó...y nos lo comimos. Después mi mamá puso a curtir la piel, y como no supo que hacer con la cabeza se la aventó a la perrita con la que jugaba Caramelo...la perrita no quiso comerse la cabeza"

Changos, ni yo en mis momentos más retorcidos me hubiera imaginado ese final para el tierno Caramelo. No pudimos evitar reír a carcajadas recordando a Homero Simpson comiéndose a "Tenazas". Yo por eso digo, no hay que tener de mascota a ningún animal que sea comestible, no vaya a ser demasiado grande la tentación y termine usted comiéndose a su tortuga Josefina o al pato Renato. Yo por eso no como gatos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Kitty from hell

Hace unos meses adopté una gatita. Le puse Matilda en honor a una de mis historias favoritas. Cuando fui por ella a la casa de su primer familia me informaron que se llamaba Nemi y que ya habían tratado de regalarla en tres ocasiones, pero que siempre la regresaban. Mi primer pensamiento fue romántico. Pensé que doña Nemi estaba destinada a vivir conmigo y a llamarse Matilda. Después unas cuantas semanas descubrí la terrible verdad...

Matilda es una gata chiquita, blanca con gris. Le gustan los muñecos de peluche, el panqué y las pelotas de goma. Le gusta echarse en la orilla de las ventanas y dormirse acurrucada junto a mi almohada. También es conocida como Kitty from hell por todos aquellos que han escuchado de sus andanzas. Disfruta de destrozar el papel de baño, los manteles, las cajas y de asustar al buen Calvin. El día de ayer, Matilda protagonizó una de esas historias chiquitas que me encanta coleccionar.

A eso de las 8 pm Matilda desapareció de la faz del departamento (muy pequeño, por cierto). La busqué abajo del sillón, adentro de los clósets, en el baño, adentro del refrigerador (así es, alguna vez ya se metió ahi), abajo de la cama, en el canasto de la ropa sucia, abajo del horno, en la zotehuela, en el estacionamiento, en los pasillos. Le toqué a los vecinos y les enseñé una foto en el celular. Abrí una lata de atún, reboté una pelota...nada. Me fui a dormir triste y pensando que al otro día aparecería.

En la mañana repetí mi búsqueda, pero no encontré nada. Derrotada regresé a mi recamara y me senté en la cama. Fue entonces que escuché unos ruidos dentro del tocador. De inmediato abrí el cajón de las bufandas (que por cierto había sido vandalizado por la Kitty from hell el día anterior) y saltó Matilda como si tuviera resortes en las patas traseras. Pasó aproximadamente 12 horas dentro del un cajón. Al menos hizo ruido y la pude rescatar.

Ahora Matilda está feliz ronrroneando en la silla de al lado, cazando mis dedos mientras tecleo estas palabras.

domingo, 28 de noviembre de 2010

¡A sudar muchachillo!

Don Andrés era un campesino curtido por los elementos. De manos ásperas y piel morena. Bigote blanco como su pelo. No recuerdo haberlo visto sin sombrero. Tenía un carácter bastante gentil y provinciano. Cargaba gran sabiduría y un costal de historias chiquitas. Cuando don Andrés veía un gran plato de comida se quitaba el sombrero, se pasaba la mano por la frente y exclamaba entonces: "Ora si, ¡a sudar muchachillo!"

Contaba entonces que hacía muchos años, en aquel tiempo de peones y patrones en el campo del Bajío, existía un muchacho muy pobre que no tenía nada. Todos los días terminando de trabajar se lo llevaban a comer. Probablemente era la única comida que hacía en todo el día, así que la aprovechaba al máximo.
El muchachillo hacía unas comilonas tan copiosas y se zampaba todo con tal intensidad que cuando terminaba su plato estaba agotado y bañado en sudor. De ahí la frase célebre de don Andrés, quién ya no vive con nosotros en la tierra, cada que uno le daba un buen plato de comida.

La próxima que esté presto a zamparse un plato generoso recuerde a don Andrés. Y entonces, ¡a sudar muchachillos!

Fantasma

Cerró la ventana y apagó todas las luces. Se sentó al centro del tapete, justo en medio de la sala. Tomó una vela aromática que había dejado...