Busco acomodarme en la cama variando mi postura un milímetro cada segundo. No puedo acomodarme. Recuerdo entonces esa app que compré para meditar, elijo la meditación profunda para dormir de 30 minutos, y después de respirar y sentir mi pie izquierdo me rindo. Quizás fui muy ambiciosa, voy a intentar respirar...¿cuánto tiempo será bueno? Elijo un minuto porque no me tengo mucha fé. Regreso a la meditación profunda para dormir, tal vez si elijo cinco minutos tenga mejores resultados. Comienzo con respirar profundo, pero me fastidio. Solo quiero salir corriendo, lo cual es tremendamente estúpido en este preciso momento porque mi pie sigue atrapado en esta férula.
Tengo tantas ganas de arrancar esa férula y estirar mi pie. Rascar y rascar mi piel. Caminar a la cocina y lavar los trastes sucios. Treparme a la escalerilla para poder bajar el arbolito de navidad y ponerlo yo solita. Tengo tantas ganas de poder hacer lo que se me venga en gana sin tener que pedir ayuda, sin sentir que invado el tiempo de otro, sin tener que ser esta mujer enojada porque no puede. Tengo tantas ganas también de salir corriendo de mi mente, que no quiere darme tregua cinco minutos para conciliar el sueño. ¿De dónde viene esta horrible frustración? ¿Por qué no puedo respirar profundo por cinco minutos ni dejar de llorar? ¿Por qué me siento como una isla solitaria?
Mi mente regresa al momento en que el doctor revisó mi radiografía y mi pie sin bota. Mi pie mutilado, con dos grandes cortadas cosidas con hilo negro, y con una cosa atravesada, incrustada en mis huesos. Luego recuerdo que me dijo: 3 semanas más. Y ahora, viendo el techo de la recámara me repito: 3 lunes más. Más lágrimas ruedan por mis mejillas y humedecen la almohada. Me ahoga la desesperanza. ¿Tres semanas más de estar montada en este sube y baja? Pffftt
Si tan solo pudiera dormirme tres semanas al hilo...dijo la insomne que no pudo relajarse por cinco minutos. Que prueba tan dura, que forma tan severa de obligarme a resolver mis pendientes antes de continuar a un nuevo año. Me pregunto, si con esta no aprendes lo que sea que está pendiente, ¿qué más necesitas? Tengo mil preguntas, pero ningún deseo de hablar con quien crea tener todas las respuestas. Tan solo quiero estirar mi pie, y sentir que puedo correr si así lo quisiera.
domingo, 8 de diciembre de 2019
martes, 3 de diciembre de 2019
Lo que nadie puede ver
Voy por el mundo terriblemente preocupada por lo que los demás puedan ver, y despisto proclamando que poco me interesan sus ojos. Pero a diario pulo mi coraza de acero, para que a nadie se le olvide que soy fuerte e indestructible. El camuflaje es tan bueno, que a veces hasta yo me creo la rudeza del exterior. ¡Quién iba a pensar que sólo tenían que romperme una pieza para que todo se derrumbase!
Aquí estoy llorosa en una silla de ruedas, sin entender por qué me duele más el alma que el pie. Detesto que puedan ver afuera mi fragilidad, detesto tener que aceptarla, detesto tener que sentarme a mirar la nada para comprobar que mi armadura está totalmente fisurada. Me duele todo lo que no permití que doliera antes. Me duelen tanto las amistades que creí eternas pero se borraron como lo que se escribe en la arena junto al mar, y me duelen las sombras de lo que queda. Me duelen los capítulos inconclusos que no pude cerrar. Me duelen los que no se quisieron quedar. Me duelen los golpes duros del pasado, y me duele la niña atrapada en una casa embrujada que sólo quiere escapar. Entonces me doy cuenta de que todo este trabajo exhaustivo por ser perfectamente eficiente es sólo el medicamento que uso para adormecer el dolor, y creer que no duele.
No hay hacia donde correr, ni siquiera puedo escapar a gatas. No hay vuelta a lo que tengo que resolver para poder continuar mi camino. Ahora entiendo que no he trabajado para mi. Por buscar parecer fiera, dejé de alimentar mi espíritu con poesía y canciones, dejé de dibujar y jugar con todo tipo de colores. Olvidé construir el soporte interior, para poder tener confianza en mi y poder sujetarme. Creí que negar la fragilidad la desaparece, y juré no ser vulnerable nunca más. Pero aquí estoy en esta silla que me recuerda que a veces todo puede irse a la mierda por no pisar bien la banqueta. Aquí estoy aparentemente inmóvil mirando a lo profundo del abismo, removiendo todos los pensamientos que se quedaron pegados hasta el fondo con la esquina de la espátula. Es donde nadie nos ve que podemos encontrar lo que se nos había perdido.
Aquí estoy llorosa en una silla de ruedas, sin entender por qué me duele más el alma que el pie. Detesto que puedan ver afuera mi fragilidad, detesto tener que aceptarla, detesto tener que sentarme a mirar la nada para comprobar que mi armadura está totalmente fisurada. Me duele todo lo que no permití que doliera antes. Me duelen tanto las amistades que creí eternas pero se borraron como lo que se escribe en la arena junto al mar, y me duelen las sombras de lo que queda. Me duelen los capítulos inconclusos que no pude cerrar. Me duelen los que no se quisieron quedar. Me duelen los golpes duros del pasado, y me duele la niña atrapada en una casa embrujada que sólo quiere escapar. Entonces me doy cuenta de que todo este trabajo exhaustivo por ser perfectamente eficiente es sólo el medicamento que uso para adormecer el dolor, y creer que no duele.No hay hacia donde correr, ni siquiera puedo escapar a gatas. No hay vuelta a lo que tengo que resolver para poder continuar mi camino. Ahora entiendo que no he trabajado para mi. Por buscar parecer fiera, dejé de alimentar mi espíritu con poesía y canciones, dejé de dibujar y jugar con todo tipo de colores. Olvidé construir el soporte interior, para poder tener confianza en mi y poder sujetarme. Creí que negar la fragilidad la desaparece, y juré no ser vulnerable nunca más. Pero aquí estoy en esta silla que me recuerda que a veces todo puede irse a la mierda por no pisar bien la banqueta. Aquí estoy aparentemente inmóvil mirando a lo profundo del abismo, removiendo todos los pensamientos que se quedaron pegados hasta el fondo con la esquina de la espátula. Es donde nadie nos ve que podemos encontrar lo que se nos había perdido.
lunes, 18 de noviembre de 2019
Se me rompió la omnipotencia
Hace tanto tiempo que no escribo aquí... ¿será porque mi mente ha estado congestionada por varios años? Amo escribir, pero a últimas fechas cuando lo logro una vez al mes es mucho. He estado profundamente conflictuada entre quien creo que debo ser y el cumplimiento de mis pactos personales secretos, y quien realmente soy y lo que quiero hacer con mi vida ahora. Suena a un estúpido problema inventado, y lo es, es un dolor auto infligido. Sin embargo, eso no quiere decir que haya consciencia ni voluntad en ello.
En los últimos quince años poco a poco he ido reuniendo mis piezas. Armándolas y acomodándolas para sentirme completa, buscando un bienestar cuya existencia sabía pero nunca había experimentado. Soy fuerte e impaciente, y tremendamente combativa. Omnipotente hasta el fastidio, porque todo lo puedo hacer sola y hasta dos veces. No necesito que alguien me ayude a cargar la bolsa ni a mover un mueble, nada pesa lo suficiente como para romperme. Todo lo que se hacer es sobrevivir en la guerra. Y ahora que firmé la paz y me rodea la armonía estoy terriblemente perdida. ¿Aquí qué se hace? ¿Cómo se vive sin tener una espada permanentemente en mano?
Dentro de esta gran crisis y sin saber qué más hacer, se me atravesó una banqueta en una calle oscura. Catástrofe absoluta, tobillo destruido. No sé qué me duele más: si acaso es el dolor físico de mi tobillo tratando de sanar, o ver mi omnipotencia embarrada como un moco sobre la pared de la realidad. Pedir ayuda hasta para la más mínima tarea, enfurecer porque no puedo explicar donde guardo las servilletas y llorar, llorar, llorar y llorar hasta que no me quedan más lágrimas.
La guerra es difícil, la lucha por sobrevivir y salir de donde sufres es larga. Pero nadie te dice que la posguerra es también dolorosa, y que hay muchas nuevas cosas por aprender a hacer y por desaprender.
Nunca me ha gustado la gente que dice que en los momentos difíciles es cuando aprendes quienes son tus amigos y cuales son los verdaderos colores de la gente. No, no. No están entendiendo el punto. Los momentos difíciles son pruebas para uno mismo, para saber de qué estás hecho, para tener oportunidades de moverte del atasco en el que estás y saber si en verdad has crecido. Para calibrar la realidad, para atreverte a usar esos colores que te guardas sólo para ti. Quien te acompañe y cómo te acompañe no es cosa tuya, no se trata de ti.
Sería genial poder procesar todas estas cosas sin necesidad de romperte la madre, y pudiendo hacer pausas voluntarias, pero a veces la única manera de frenar es por la fuerza. Yo no lo sabía pero cuando pisé esa banqueta realmente estaba pisando un botón de pausa.
Paciencia, humildad para aceptar y pedir ayuda, y aprender a serenar el espíritu y la mente sin necesidad de un trauma doloroso. ¿Será que puedo aprender sobre estas cosas? Espero que si. Espero tener la verdadera valentía que se necesita para ser quien quiero ser, y desactivar todos los viejos mecanismos que me hacen sentir dolor, angustia, depresión y ansiedad a diario.
En los últimos quince años poco a poco he ido reuniendo mis piezas. Armándolas y acomodándolas para sentirme completa, buscando un bienestar cuya existencia sabía pero nunca había experimentado. Soy fuerte e impaciente, y tremendamente combativa. Omnipotente hasta el fastidio, porque todo lo puedo hacer sola y hasta dos veces. No necesito que alguien me ayude a cargar la bolsa ni a mover un mueble, nada pesa lo suficiente como para romperme. Todo lo que se hacer es sobrevivir en la guerra. Y ahora que firmé la paz y me rodea la armonía estoy terriblemente perdida. ¿Aquí qué se hace? ¿Cómo se vive sin tener una espada permanentemente en mano?
Dentro de esta gran crisis y sin saber qué más hacer, se me atravesó una banqueta en una calle oscura. Catástrofe absoluta, tobillo destruido. No sé qué me duele más: si acaso es el dolor físico de mi tobillo tratando de sanar, o ver mi omnipotencia embarrada como un moco sobre la pared de la realidad. Pedir ayuda hasta para la más mínima tarea, enfurecer porque no puedo explicar donde guardo las servilletas y llorar, llorar, llorar y llorar hasta que no me quedan más lágrimas.
La guerra es difícil, la lucha por sobrevivir y salir de donde sufres es larga. Pero nadie te dice que la posguerra es también dolorosa, y que hay muchas nuevas cosas por aprender a hacer y por desaprender.
Nunca me ha gustado la gente que dice que en los momentos difíciles es cuando aprendes quienes son tus amigos y cuales son los verdaderos colores de la gente. No, no. No están entendiendo el punto. Los momentos difíciles son pruebas para uno mismo, para saber de qué estás hecho, para tener oportunidades de moverte del atasco en el que estás y saber si en verdad has crecido. Para calibrar la realidad, para atreverte a usar esos colores que te guardas sólo para ti. Quien te acompañe y cómo te acompañe no es cosa tuya, no se trata de ti.
Sería genial poder procesar todas estas cosas sin necesidad de romperte la madre, y pudiendo hacer pausas voluntarias, pero a veces la única manera de frenar es por la fuerza. Yo no lo sabía pero cuando pisé esa banqueta realmente estaba pisando un botón de pausa.
Paciencia, humildad para aceptar y pedir ayuda, y aprender a serenar el espíritu y la mente sin necesidad de un trauma doloroso. ¿Será que puedo aprender sobre estas cosas? Espero que si. Espero tener la verdadera valentía que se necesita para ser quien quiero ser, y desactivar todos los viejos mecanismos que me hacen sentir dolor, angustia, depresión y ansiedad a diario.
domingo, 8 de julio de 2018
Escapando al vórtice
Yo nací dentro de un remolino lleno de violencia y soledad, donde había muchas personas en la casa, pero nadie en realidad. Aprendí a ser dura y ruda, rebelde y fuerte. Nunca quise dejarme abrazar, ni ayudar. Yo sabía que el reto era salir de esa casa lo más pronto que fuera posible para poder comenzar una vida en paz.
He trabajado mucho desde que me salí de ese lugar. Aprendí el concepto de "hogar, dulce hogar" cuando comencé a vivir sola. Ahora la soledad era física, pero aprendí a volverme una buena compañía. Siempre me sentí culpable por dejar el barco hundiéndose y a todos los que seguían dentro de el, pero a veces no queda de otra más que saltar para salvar la propia vida.
Trato de mantenerme lejos, porque cada vez que me acerco el remolino me jala hacia el fondo otra vez. Y entonces, absolutamente todo regresa: la ira, la desesperación, el dolor, la frustración, el deseo de destruir. A pesar de que a veces quiero regresar al naufragio para ver que puedo rescatar, el remolino siempre está ahí listo para arrastrarme.
Sólo una vez pude acercarme al remolino y patalear con fuerza para salir bien librada. Eso me hizo creer, ingenuamente, que ya podía acercarme sin correr riesgos. ¡Qué equivocada estaba! Aquí estoy de regreso en casa curándome los raspones y los golpes del descenso al fondo. Tratando de respirar con normalidad de nuevo. Haciendo todo lo posible por no reprochar mi incapacidad de nadar cerca sin ser atrapada.
Sobrevivir la violencia intrafamiliar deja cicatrices y huellas que te marcan para siempre. Algunas cosas sanan por completo, otras se vuelven a abrir a la menor provocación y causan un dolor terrible. Lo importante es no rendirse en el camino por reconstruirse y buscar una buena vida. Una en la que estemos dispuestos a dejar atrás todo eso que gira en una espiral oscura y que siempre quiere regresar.
He trabajado mucho desde que me salí de ese lugar. Aprendí el concepto de "hogar, dulce hogar" cuando comencé a vivir sola. Ahora la soledad era física, pero aprendí a volverme una buena compañía. Siempre me sentí culpable por dejar el barco hundiéndose y a todos los que seguían dentro de el, pero a veces no queda de otra más que saltar para salvar la propia vida.
Trato de mantenerme lejos, porque cada vez que me acerco el remolino me jala hacia el fondo otra vez. Y entonces, absolutamente todo regresa: la ira, la desesperación, el dolor, la frustración, el deseo de destruir. A pesar de que a veces quiero regresar al naufragio para ver que puedo rescatar, el remolino siempre está ahí listo para arrastrarme.
Sólo una vez pude acercarme al remolino y patalear con fuerza para salir bien librada. Eso me hizo creer, ingenuamente, que ya podía acercarme sin correr riesgos. ¡Qué equivocada estaba! Aquí estoy de regreso en casa curándome los raspones y los golpes del descenso al fondo. Tratando de respirar con normalidad de nuevo. Haciendo todo lo posible por no reprochar mi incapacidad de nadar cerca sin ser atrapada.
Sobrevivir la violencia intrafamiliar deja cicatrices y huellas que te marcan para siempre. Algunas cosas sanan por completo, otras se vuelven a abrir a la menor provocación y causan un dolor terrible. Lo importante es no rendirse en el camino por reconstruirse y buscar una buena vida. Una en la que estemos dispuestos a dejar atrás todo eso que gira en una espiral oscura y que siempre quiere regresar.
martes, 29 de mayo de 2018
Adiós, Camilo
Hace poco más de una semana mi adorado gato Camilo murió, y con él una parte de mi vida.
Camilo era un gatito blanco con negro amorosísimo. Él y yo compartimos muchas cosas juntos, y el siempre fue una de mis fuentes inagotables de amor. Dormíamos siempre abrazados, y estaba conmigo todo el tiempo.
El sábado pasado, Mario (mi esposo) lo llevó al veterinario porque tenía un par de semanas estando un tanto raro, aunque nada demasiado alarmante. Yo me quedé en casa. Cuando regresaron Camilo estaba mal, no me preocupó mucho porque siempre se ponía muy nervioso al ir al veterinario. El resultado de la revisión no nos dio ninguna buena noticia, el veterinario encontró que Camilo tenía un enorme tumor entre el corazón y los pulmones. Justo eso me estaba explicando Mario cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solamente nervioso por haber ido al veterinario. Con cada minuto que pasaba el gato se ponía cada vez peor. Finalmente entendí que estaba muriendo.
Por la mañana de ese mismo día todo estaba bien, y aún me recuerdo diciéndole: "¿Quién es mi gato consentido?" mientras lo cargaba y besaba. Así que me parecía imposible pensar que estábamos pasando nuestros últimos momentos juntos.
Camilo se murió entre mis manos y mis lágrimas. No pude detener su muerte, no pude hacer absolutamente nada. Su vida se fue de repente y yo no podía creerlo. Lo abracé de la misma manera en que lo abrazaba antes de dormir y me eché en el suelo con el un rato. Un pedazo de mi corazón se murió con el ese día.
Por las noches me invade un espantoso vacío en el pecho, que baja a mi estómago y después sube a mi garganta para hacer un nudo apretado. Después mi cara se convulsiona por el dolor y me invade un llanto inconsolable e inevitable. No encuentro explicaciones ni consuelo. No logro aceptar que ya nunca jamás volveré a tener a mi amado gatito.
Me llena de confusión este dolor tan intenso, porque alguna parte de mi cerebro piensa que sólo era un gato. Pero la realidad que termino por aceptar es que independientemente de la especie, ese gatito era mi amigo, mi familia y una parte importante de mi vida. Termino por aceptar, por la desbordante pena que me invade, que el dolor es igual que aquel que se siente al perder a un humano querido.
Sin embargo, cuando se muere un humano el mundo no espera verte de pie y totalmente listo para continuar tu vida de inmediato. Se puede esperar que estés viviendo un luto y que no puedas estar bien por el tiempo que te tome procesarlo. Y al final, aquí estoy pretendiendo estar bien durante el día y ahogándome en llanto por la noche. Navegando una tristeza y una rabia que no logro poder expresar (hasta hoy) y que me hace sentir solitaria y aislada.
Escribo porque no puedo más con este dolor en el pecho; escribo para tratar de entender que demonios pasa; escribo para tratar de aceptar la realidad; escribo buscando un poco de consuelo; escribo tratando de gritarle al mundo que no estoy bien y que no tengo idea de cómo hacer para estar mejor. Escribo porque no sé cómo procesar este remolino de tristeza y pérdida. Escribo, como siempre, para tratar de entenderme un poco más.
Me hace mucha falta mi amigo Camilo, mi familia está incompleta.
Camilo era un gatito blanco con negro amorosísimo. Él y yo compartimos muchas cosas juntos, y el siempre fue una de mis fuentes inagotables de amor. Dormíamos siempre abrazados, y estaba conmigo todo el tiempo.
El sábado pasado, Mario (mi esposo) lo llevó al veterinario porque tenía un par de semanas estando un tanto raro, aunque nada demasiado alarmante. Yo me quedé en casa. Cuando regresaron Camilo estaba mal, no me preocupó mucho porque siempre se ponía muy nervioso al ir al veterinario. El resultado de la revisión no nos dio ninguna buena noticia, el veterinario encontró que Camilo tenía un enorme tumor entre el corazón y los pulmones. Justo eso me estaba explicando Mario cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solamente nervioso por haber ido al veterinario. Con cada minuto que pasaba el gato se ponía cada vez peor. Finalmente entendí que estaba muriendo.
Por la mañana de ese mismo día todo estaba bien, y aún me recuerdo diciéndole: "¿Quién es mi gato consentido?" mientras lo cargaba y besaba. Así que me parecía imposible pensar que estábamos pasando nuestros últimos momentos juntos.
Camilo se murió entre mis manos y mis lágrimas. No pude detener su muerte, no pude hacer absolutamente nada. Su vida se fue de repente y yo no podía creerlo. Lo abracé de la misma manera en que lo abrazaba antes de dormir y me eché en el suelo con el un rato. Un pedazo de mi corazón se murió con el ese día.
Por las noches me invade un espantoso vacío en el pecho, que baja a mi estómago y después sube a mi garganta para hacer un nudo apretado. Después mi cara se convulsiona por el dolor y me invade un llanto inconsolable e inevitable. No encuentro explicaciones ni consuelo. No logro aceptar que ya nunca jamás volveré a tener a mi amado gatito.
Me llena de confusión este dolor tan intenso, porque alguna parte de mi cerebro piensa que sólo era un gato. Pero la realidad que termino por aceptar es que independientemente de la especie, ese gatito era mi amigo, mi familia y una parte importante de mi vida. Termino por aceptar, por la desbordante pena que me invade, que el dolor es igual que aquel que se siente al perder a un humano querido.
Sin embargo, cuando se muere un humano el mundo no espera verte de pie y totalmente listo para continuar tu vida de inmediato. Se puede esperar que estés viviendo un luto y que no puedas estar bien por el tiempo que te tome procesarlo. Y al final, aquí estoy pretendiendo estar bien durante el día y ahogándome en llanto por la noche. Navegando una tristeza y una rabia que no logro poder expresar (hasta hoy) y que me hace sentir solitaria y aislada.
Escribo porque no puedo más con este dolor en el pecho; escribo para tratar de entender que demonios pasa; escribo para tratar de aceptar la realidad; escribo buscando un poco de consuelo; escribo tratando de gritarle al mundo que no estoy bien y que no tengo idea de cómo hacer para estar mejor. Escribo porque no sé cómo procesar este remolino de tristeza y pérdida. Escribo, como siempre, para tratar de entenderme un poco más.
Me hace mucha falta mi amigo Camilo, mi familia está incompleta.
domingo, 18 de junio de 2017
Crecer
Hace unos días encontré un breve video, en el que el rabino Abraham Twerski habla sobre cómo crecen las langostas. Explica que las langostas son animales suaves que viven en caparazones rígidos, y que para crecer deben deshacerse de ese caparazón, esconderse un tiempo de los depredadores y hacer uno nuevo. Explica que el estímulo que ayuda a las langostas a crecer es la incomodidad.
Yo no estaba buscando este video, sin embargo lo que encontré en él me ayudó a entender algunos acontecimientos importantes. En los últimos años he estado en procesos de cambio intensos, que han modificado por completo mi vida y la manera en la que percibo el mundo. Me he echado un clavado al lado más profundo de mi mente. He identificado mecanismos que operan desde siempre, y he podido conocerme desde otros ángulos. Gracias a esto, he podido crecer mucho, y tener una vida más balanceada y plena.
Muchos de estos cambios han seguido un principio básico: si algo no te gusta, muévete. Así lo he hecho, desde formas de pensar y actuar, hasta el lugar en el que trabajaba. No he terminado, aún hay mucho por hacer, todos estos cambios han estremecido todos mis pensamientos y emociones.
viernes, 16 de junio de 2017
Contradicciones
Mientras el avión asciende y mi estómago se encoge a su mínima expresión, me asomo por la ventana con la esperanza de sentirme menos ansiosa. De pronto pienso en lo ridículo que me parece que me de miedo volar, pero que me fascine ver la tierra desde el cielo. Acaricio con los ojos el mosaico de cientos de tonalidades de café y verde que se mezclan en el suelo; me maravilla la vista de la sierra madre y los miles de caminos de tierra que la marcan; la laguna que apenas y se asoma detrás de una montaña árida.
En momentos así comprendo mi eterna contradicción. La eterna pelea interior entre la oscuridad y la luz, entre la enfermedad mental y la paz absoluta. Mi incansable búsqueda hacia una vida en balance. A veces se me olvida que el balance no puede ser estático, siempre hay que moverse para asegurarnos de que haya equilibrio. A veces solo basta con mover un poco el dedo meñique para lograrlo, a veces hay que agitar con fuerza ambos brazos mientras echamos el resto del cuerpo para el otro lado.
Estoy al borde de cambios gigantescos. Estoy en la orilla del asiento, preparando las piernas para soportar mi peso. Pero a veces no quisiera cambiar de lugar, a veces tan sólo quisiera quedarme un rato más en donde no pasa nada. No puedo, todo me empuja hacia lo desconocido. En mi lucha contra el cambio se me olvida frecuentemente que el pasado no era necesariamente mejor ni más cómodo, solo es familiar y ya se como navegar en esas tormentas.
Y así estoy, contemplando la complejidad de una partícula de polvo desde la ventana de este avión. Sintiéndome pequeñita, diminuta e incapaz de reunir el valor y deshacer los nudos; sintiéndome compleja y laberíntica, oscura e irracional, inmensa e infinita.
Así es como me veo, la que tiene terror a las alturas pero no puede esperar para aventarse de un paracaídas; la que odia ver su carne abundante asomarse del traje de baño pero ama la arena en los pies y flotar en el agua; la que se siente fascinada por la intensidad pero que le gusta tener espacios vacíos donde no haya que lidiar con nada; la que ama la música a todo volumen pero odia la multitud de los conciertos; la que adora aprender y leer pero que encuentra respuestas a las interrogantes de la vida mientras ve Kung Fu Panda.
¿Y qué pasaría si un día simplemente acepto mis contradicciones y dejo de pelearme conmigo misma?, ¿Qué tal que logro dejar de intentantar mezclar el ying y el yang para convertirlo en gris perfecto?, ¿Que tal que me dejo de juzgar?
Creo que lo que pudieran ser contradicciones al final ni lo son. El único problema es seguir intentando meterme en un molde en el nunca me he acomodado. El único conflicto real es seguir creyendo que lo normal para uno es normal para todos los demás.
En momentos así comprendo mi eterna contradicción. La eterna pelea interior entre la oscuridad y la luz, entre la enfermedad mental y la paz absoluta. Mi incansable búsqueda hacia una vida en balance. A veces se me olvida que el balance no puede ser estático, siempre hay que moverse para asegurarnos de que haya equilibrio. A veces solo basta con mover un poco el dedo meñique para lograrlo, a veces hay que agitar con fuerza ambos brazos mientras echamos el resto del cuerpo para el otro lado.
Estoy al borde de cambios gigantescos. Estoy en la orilla del asiento, preparando las piernas para soportar mi peso. Pero a veces no quisiera cambiar de lugar, a veces tan sólo quisiera quedarme un rato más en donde no pasa nada. No puedo, todo me empuja hacia lo desconocido. En mi lucha contra el cambio se me olvida frecuentemente que el pasado no era necesariamente mejor ni más cómodo, solo es familiar y ya se como navegar en esas tormentas.
Y así estoy, contemplando la complejidad de una partícula de polvo desde la ventana de este avión. Sintiéndome pequeñita, diminuta e incapaz de reunir el valor y deshacer los nudos; sintiéndome compleja y laberíntica, oscura e irracional, inmensa e infinita.
Así es como me veo, la que tiene terror a las alturas pero no puede esperar para aventarse de un paracaídas; la que odia ver su carne abundante asomarse del traje de baño pero ama la arena en los pies y flotar en el agua; la que se siente fascinada por la intensidad pero que le gusta tener espacios vacíos donde no haya que lidiar con nada; la que ama la música a todo volumen pero odia la multitud de los conciertos; la que adora aprender y leer pero que encuentra respuestas a las interrogantes de la vida mientras ve Kung Fu Panda.
¿Y qué pasaría si un día simplemente acepto mis contradicciones y dejo de pelearme conmigo misma?, ¿Qué tal que logro dejar de intentantar mezclar el ying y el yang para convertirlo en gris perfecto?, ¿Que tal que me dejo de juzgar?
Creo que lo que pudieran ser contradicciones al final ni lo son. El único problema es seguir intentando meterme en un molde en el nunca me he acomodado. El único conflicto real es seguir creyendo que lo normal para uno es normal para todos los demás.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Fantasma
Cerró la ventana y apagó todas las luces. Se sentó al centro del tapete, justo en medio de la sala. Tomó una vela aromática que había dejado...
-
Yo sé que seguramente le tomó más de un minuto leer el título. A mi me costó varios minutos decirlo y luego dictármelo lentamente (aun ahora...
-
Todos en algún momento hemos conocido a una bitch en la oficina. La mujercilla que se sienta a calentar una silla y meter cizaña al por mayo...
-
Cerró la ventana y apagó todas las luces. Se sentó al centro del tapete, justo en medio de la sala. Tomó una vela aromática que había dejado...


